- Deberás tener cuidado con la información que te acabo de dar. Realiza tu trabajo con profesionalidad y todo irá bien.
- De acuerdo, no debe preocuparse.
- Recibirá su contrato en su domicilio, deberá firmarlo y traerlo aquí personalmente
Marc cerró la puerta tras de sí dejando a la imponente directora atrás. Salió a la calle. El frío se colaba por todos los agujeros que tenía su viejo abrigo. No entendía porque le habían elegido a él. No se creía capacitado para dirigir a un grupo de cinco personas y mucho menos estaba preparado para llevar tan encomiable tarea a cabo.
En el camino de vuelta a casa imaginó los posibles desenlaces que podría tener el trabajo. Abrió la puerta de su casa y cansado de la presión que había soportado en la reunión se recostó en la cama, intentando dejar a un lado los pensamientos que le atormentaban a sabiendas de que no tenía sentido, aunque ya había aceptado.
El timbre sonó en sus oídos sacándole de su sopor. Medio dormido se aproximó a la puerta, miró por la mirilla y pudo visualizar a un hombre de mediana edad, vestido de traje que portaba una carpeta bajo el brazo. Era ya tarde, las once de la noche, no eran horas de llamar a casa de nadie. Finalmente movido por la curiosidad decidió abrir la puerta.
- Hola, ¿es usted Marc?
- Sí, así es.
- Aquí tiene -dijo el extraño hombre mientras le entregaba la carpeta- tiene cinco minutos para leerlo todo, firmarlo y entregármelo.
Los ojos de Marc se abrieron mucho debido a la sorpresa que le produjeron las órdenes de este extraño. Sin dejarlo entrar a su casa, revisó los papeles y se dio cuenta de que se trataba de un contrato, leyó todo de forma muy rápida, le sorprendió el sueldo que iba a cobrar por el trabajo, sesenta mil euros por mes trabajado con todos los gastos pagados y todas las facilidades para poder realizar el trabajo con solvencia. Hubo un detalle que le causó un poco de duda, el contrato era de sólo de tres meses. Ahora entendía porque tenía tantas facilidades y recibía todo ese dinero. Leyó párrafo por párrafo del contrato y la única cláusula que encontró era que tenía que terminar el trabajo antes de los tres meses. Una vez leído por completo firmó al final del documento y se lo entregó al hombre que había estado esperando pacientemente. Confirmó que había firmado y seguidamente le señaló una columna de cajas apiladas que había a la vuelta de la puerta de su casa.
- Le hará falta esto, en la primera caja hay una carpeta en la que se encuentra toda la información de sus ayudantes, como contactar con ellos y fotos de ellos. Debe saber que toda esta información es confidencial y nadie, excepto usted, podrá conocer la información que contienen estos documentos. ¿Está usted de acuerdo verdad? – dijo el hombre mientras clavaba la mirada en Marc.
- Sí, por supuesto.
Dicho esto, el hombre le ayudó a meter las cajas en su apartamento y para cuando Marc se quiso dar cuenta ya había desaparecido.
A pesar de lo cansado que estaba, tantos sobresaltos le habían quitado el sueño y ahora sentía curiosidad por quiénes iban a ser sus ayudantes. Abrió la primera caja. Nada más abrirla pudo ver una carpeta marrón en la que podía leerse tres siglas: C.A.R.
Marc no tenía ni idea de lo que podían significar esas siglas. Cada vez estaba más desilusionado con la tarea que le habían encomendado. Abrió la carpeta y observó a los que iban a ser sus ayudantes, un informático, un guardaespaldas y otros tres que iban a realizar las tareas de investigación. En todas las descripciones se detallaban todos los estudios académicos, trabajos y un largo etcétera de cosas que a él personalmente no le importaban lo más mínimo, aun así leyó todo lo que había en la carpeta. Y dispuesto a comenzar la investigación abría las demás cajas, y llenó toda la sala de montañas de papeles, estaba todo sin clasificar, a las siete de la mañana se puso en contacto con todos sus ayudantes para mantener una entrevista con ellos y ver que habilidades tenían y que podían hacer.
A las diez de la mañana llegó el primero de ellos, se llamaba Anthony, era el informático.
Se trataba un hombre bajo y de una delgadez casi extrema, debía medir 1’65, llevaba unas gafas redondas y grises desgastadas por el paso del tiempo, tenía bastantes arrugas en la zona de los ojos y unas ojeras que le delataban como alguien que pasaba largas horas despierto por la noche. Era todo lo que se podía esperar de un informático.
- Buenos días – dijo tímidamente Anthony después de que Marc abriese la puerta.
- Hola, ¿tú eres Anthony?
- Sí, así es.
- ¿Podrías enseñarme tu identificación?- dijo Marc con tono serio y decidido.
Anthony sacó del bolsillo trasero del pantalón una cartera de cuero marrón corroída y sucia, la abrió y le enseñó su tarjeta de identificación.
- Está bien, pasa.
Le condujo por el pasillo hasta la sala de estar, de esta forma, pensó, evitaría que pudiese ver el caos que reinaba en el salón y así también protegería la información a la que sólo él tenía acceso. Una vez ya en la habitación, le pidió que tomase asiento y le ofreció un café que Anthony rechazó.
- He leído tu expediente, aun así me gustaría conocer cuáles son tus habilidades, quiero decir, ¿cuáles son tus límites?
- En lo que se refiere al campo de la informática, no tengo límites, soy capaz de hacer cualquier cosa, desde acceder a cualquier correo electrónico, hackear cuentas bancarias, blindar documentos confidenciales o poner en jaque la seguridad de cualquier organismo internacional, por grande que sea.
- Muy bien, veo que eres todo un experto. Me gustaría ponerte a prueba para saber si lo que dices es cierto. Voy a darte mi nombre y apellidos, sólo eso, tienes 24 horas para transferir mil euros de una de mis cuentas a otra, cualquiera que sea, es indiferente. Mañana a la misma hora te espero aquí y comprobaremos si lo has conseguido.
A Marc esta tarea se le antojaba imposible, no terminaba de creerse que un informático pudiese saltarse todos los mecanismos de seguridad de un banco y poder hacer y deshacer a su capricho con total libertad movimientos entre cuentas. Finalmente se despidió de él y esperó al día siguiente para volver a tener contacto con él.
La siguiente cita fue con las tres personas que iban a llevar a cabo las tareas de investigación, ellos formarían el corazón del equipo y en gran parte de ellos dependía que el trabajo saliese bien. Puntuales, a las doce de la mañana llamaron al timbre, al igual que con Anthony, Marc pidió la identificación a cada uno de ellos y les condujo al salón. Allí con los papeles de sus descripciones en la mano comenzó la entrevista conjunta.
Lisa, la primera en acceder a la sala de estar, era una mujer de unos treinta y dos años, morena, de ojos claros, a Marc le intimidó su mirada, sentía que si le miraba más de dos segundos a los ojos, Lisa podría enterarse de sus secretos más ocultos.