martes, 24 de julio de 2012

Principio de incertidumbre

La noche caía, el sol comenzaba a flotar entre el denso cielo y las primeras gotas del rocío caían sobre su rostro, arrastrándose desde su frente hasta su barbilla para después caer al frío suelo. Miró atrás. Un desierto de vida se cernía sobre él, acechándolo e invitándolo a entrar en ese remanso de recuerdos y pasado. Miró adelante. Un desierto también, pero lleno de incertidumbre. Los párpados cansados se cerraron y la noche retornó a su alma. Oscuridad.

Un pensamiento en forma de pregunta se paseó por su mente… “¿Quién eres?”

De sus labios salió un leve susurro… “Un soñador”.

El Juicio de Eros


Después de alguna lucha malograda frente a su existencia se preparó para comparecer frente a sí mismo y hacer justicia. Y es que la vida toma partida en tus hechos cuando más desprotegido te encuentras.

El acusado se sentó en el banquillo por no haber respetado el contrato que hicieron un día dos amantes, y haber cometido faltas graves que atentaban contra ese acuerdo, entre otras haber matado el amor. Una vez terminado el juicio, al acusado se le impusieron seis meses de continuos lloros y velatorios a todas horas por la muerte causada, la incapacidad de proseguir con su vida y la imposibilidad de proponerse nuevas metas. Recurrió la sentencia, pero era demasiado tarde, la vida no permitía recurrir los castigos impuestos y ella, por más que él lo intentó, no retiró la denuncia.

Durante esos seis meses nuestro acusado llegó a perder la esperanza de una vida diferente, dotó a su existencia de un sin sentido y esos seis meses de inactividad se le hicieron eternos. La prisión en la que habitaba era su pasado, el espejo en el que se miraba cada mañana le recordaba que ya nada sería como él había planeado, las largas horas perdidas le demostraban que no había nada que hacer para disminuir la sentencia impuesta. Los hechos que acaecían en su vida los sentía ajenos a él, tanto, que se encontraba indiferente a la realidad. Intentó por todos los medios fugarse de su propia celda, pero no pudo. No podía. Contaba las horas que restaban a su puesta en libertad… A veces soñaba y jugaba a ser libre, pero cuando despertaba de ese sueño, su pasado y su condena le atrapaban de nuevo, para volver a torturarle, otra vez.

Finalmente su condena terminó.

Y los lloros desaparecieron, estos fueron cambiados por sonrisas, la inseguridad de no saber que hacer con su vida fue canjeada por ilusiones y metas, y el interés por vivir le fue devuelto.

Y entonces, el autor del relato, tras escribirlo, se preguntó por qué si había terminado su condena y había conseguido ser feliz y a apreciar el tiempo que tenía, era incapaz de narrar cosas que carecieran de un tono oscuro, triste y melancólico.


Quizás… quizás la condena no había terminado.